Wednesday, August 19, 2009

LA HORA DE LAS DECISIONES...

Siempre fui ligero a la hora de tomar posiciones políticas. Nada cambiaba, eran los mismos rojos y los mismos azules. Nadie podía -excepto los fanaticos- encontrar la diferencia entre unos y otros. Los puristas e historiadores políticos me tomarán por ligero, según ellos las diferencias eran tan profundas y fundamentales que la otra partre no merecía vivir.

Sin embargo, para nuestra generación, esa que tuvo una niñez feliz pero sin inocencia, esa que sintió el miedo del terrorismo, que temía jugar fútbol en los parques, pero que fue tan valiente que lo hacía, la diferencia no era tal: ambos habían fracasado en traer lo más importante a una Nación: la confianza en si misma desde unos valores intransigibles.

Nunca fui una persona rica, nací de una familia luchadora y honesta, como la mayoría de los antioqueños, pero el trabajo duro de mis padres me dieron la oportunidad de perseguir mis sueños en esta tierra, Antioquia, donde la historia ha mostrado que imposible no cabe en el diccionario.

Cierto día, que aún hoy no he podido caracterizar como afortunado o como todo lo contrario, me tocó directamente la tragedia de un país que había sido abandonado a su suerte por la clase dirigente: como tantos otros fui secuestrado (en mi caso por el ELN) y como tantos pocos fui liberado en poco tiempo, sano y salvo.

Pero ese evento fue lo pero que pudo haberle pasado a los violentos que violaron mis más elementales derechos: venciendo el acto reflejo -y de alguna manera cobarde- de abandonar el país, decidí intentar hacer algo por mi país, por mi departamento.

Asesoré víctimas de violaciones de derechos humanos y derecho internacional humanitario, me comprometí a hacerlo con dignidad y nunca usarlas como carnada política, como medio para asegurar una agenda política, me dediqué a la academia y desde mi clase de Derecho Constitucional motivé a mis estudiantes a asumir la cuestión de los derechos humanos desde una aproximación post-ideológica, que no convenga al oficialismo ni a la oposición sino, por el contrario, a todos los colombianos. Desde ese punto de partida la divergencia es enriquecedora. Lo inaceptable es que se propongan tesis que relativicen el valor de la vida humana cuando esta es puesta en peligro en indenticas circunstancias.

Recorriendo el país, pero sobre todo mi departamento, cosa que hice sin ningún calculo político, pude dimensionar la idiosenciracia paisa -de la que soy orgulloso portador- y vislumbrar los problemas y la capacidad propia para resolverlos con vocación de permanencia.

Ben Franklin dijo, en palabras bellas y llenas de sabiduría que aquellos que estuvieran dispuestos a sacrificar su libertad por un poco de seguridad temporal, no merecían la libertad ni la seguridad. Pues bien, este espacio ha de servir para poner a vuestra consideración nuestra visión sobre la seguridad y su aparente dilema con la inversión social en primer lugar, es lo que reclama el país, es lo que nos pide Antioquia.

Pero también será espacio para proponer temas como los derechos humanos, el conflicto armado colombiano, las políticas del Banco de la República, el Proceso de Paz, las Altas Cortes, entre otros tantos que nuestros pares contribuyentes consideren relevantes.

Vamos pues a las cosas, a lo sustantivo, a huir de las distracciones adjetivas y a retar a todos aquellos que, como nosotros, estén dispuestos a dar un debate honesto sobre los asuntos más apremiantes de Antioquia y de Colombia.

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